Ocho parte 12 (final)



Asco… experimento fallido… recordar… Ocho… Omega…
Esas palabras llegan a nuestro cerebro, no entendemos nada, nos llevamos las manos a la cabeza y empezamos a gritar con histeria, la cabeza no nos responde, un dolor llega a todas las partes de nuestro cerebro que parece que vaya a explotar. Empezamos a sentir cada parte de nuestro cuerpo, a notar que nuestra presencia real y que todo lo que hasta ahora habíamos vivido era una gran mentira, pero todo sigue sin tener sentido, hasta que un recuerdo llega a nosotros, y empieza a transmitirse en nuestra cabeza, todo alrededor desaparece y empezamos a ver una Ocho más pequeña, sonriendo hacia nosotros y cogiéndonos la mano intentando llevarnos a algún sitio. El recuerdo cambia enseguida y una Cinco enfadada intenta escapar de un doctor que la agarra mientras grita un nombre extraño a la vez que nos mira. Un torbellino de imágenes acude a nuestra cabeza hasta que aparece un rostro desconocido, pero que nos resulta realmente familiar y que hace que una lágrima empiece a resbalar por nuestra mejilla, a la vez que un nombre acude a nuestra cabeza y eso hace que caigamos de rodillas mirando al vacío.
-Nine…
Dirijimos la mirada hacia el niño y vemos que nos mira con una extraña expresión en el rostro y asiente, de una manera casi como si no hubiera existido nunca, pero sin dejar de apuntarnos con el cuchillo.
-¿Ahora lo entiendes no? Tú jamás podrás protegerla, porque eres débil, una simple marioneta y no te voy a dejar que te le acerques.
Un impulso nos recurre el cuerpo y sin saber cómo nos empezamos a levantar, sentimos muchas lágrimas por el rostro pero no nos importa, ya sabemos quiénes somos, recordamos nuestra misión y sobre todo solo queremos una cosa, a Ocho. Poco a poco nos vamos acercando a ella, ni siquiera nos fijamos en el niño, que cada vez parece más dispuesto a acabar con nuestra vida. Cuando ya nos queda poco trozo para extender los brazos y tocar a Ocho el niño se acerca corriendo a nosotros y nos clava el cuchillo en el pecho, una vez tras otra, notamos como la sangre empieza a brotar de las heridas y sentimos que desfalleceremos, pero nuestra misión nos da fuerzas para seguir adelante.
El niño sorprendido porque podamos seguir moviéndonos nos clava de nuevo el cuchillo, pero lo clava tan hondo que se queda ahí, sin poder sacarlo, por lo que con toda su fuerza intenta empujarnos hacia atrás para que no podamos acercarnos más, pero nada ni nadie podrá detenernos en este momento, ya que Ocho por fin nos tiene en cuenta y a tan pocos centímetros que con una gran fuerza de voluntad que va desfalleciendo, conseguimos llegar a ella.
-Tú… ¿me recuerdas?
Vemos como un leve asentimiento mueve la cabeza de Ocho y una sonrisa se extiende por nuestro rostro, le rodeamos poco a poco con nuestros brazos y le susurramos unas palabras al oído justo antes de que nuestras fuerzas se acaben y acabemos sumergidos en la total oscuridad.
En el momento en que Omega se desmayó un gran estruendo llegó de la otra sala, pero ya era demasiado tarde para ella, la última cuchillada había llegado demasiado hondo, por lo que su vida se había evaporado para siempre y ya no podría ser la marioneta esperada para todos. Mientras Ocho y el niño aún miraban el cuerpo tendido de Omega en el suelo un gran grupo de militares y doctores llegaron a la sala y empezaron a disparar, sin contemplación ninguna hacia los dos chicos que no tuvieron la más mínima posibilidad desde el principio, pero aún así lucharon hasta el final por sus vidas, porque como dice el dicho es mejor vivir luchando que morir arrodillado, y la poca vida que aún quedaba al niño y a Ocho les llevaron a seguir sus instintos e intentar sobrevivir, no solo por ellos, si no por todos los niños que habían sido producto de experimentos en ese laboratorio, oscuro y sin esperanza.
Ocho desde que llegó al laboratorio no había tenido ningún tipo de sentimiento a causa de la brutalidad de los experimentos a los que había sido destinada, pero las palabras de aquella familiar chica le hicieron recordar, no solo lo que era sentir algo, si no quién había sido en otra vida, una vida olvidada pero feliz, una vida donde tenía un nombre de verdad.
Con esa simple frase había recuperado su yo pasado, unas palabras que pronunció al llegar al laboratorio para no perder la esperanza de vivir, y mientras sus parpados se cerraban dando la bienvenida a una vieja amiga la recordó de nuevo,
Sora, recuerda que el cielo está más allá de estas cuatro paredes, que ningún techo te impida volar.



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